sábado, 1 de noviembre de 2008

Más de lo mismo, nada sin modificar.

Se acercaba el final del día. Por fin luego de que las horas se estiraran de manera insoportable, otro día había terminado. Dentro de todo, fue uno de los mejores que tuvo en estas últimas semanas. Su vida había cambiado tanto en este último tiempo. Y con la vida misma, ella también cambió.
Luego de una cena en la que, como por lo general, no probó bocado. Luego de lavar los cacharros que habían dejado 5 personas. Luego de que todos siguieran con sus actividades de rutina; se abstrajo de la realidad. Se encerró en su trinchera, pero no, sin antes poner la pava para tomar sus esperados amargos del día, o mejor dicho, de la noche.
Fue necesario hacer un balance de cómo estaban las cosas, luego del terremoto que provocó su presencia, había que acomodar ideas. Cuánto había perdido, cuánto había ganado. La realidad arrojaba resultados que asustaban. Su activo marcaba millones de lágrimas, un debacle emocional, un amor frustrado, un préstamo de cariño con intereses imposibles de pagar. Los restos de fuerzas, que le quedaban, no alcanzaban para saldar tanta pena. Pero no todo era tan malo, había aprendido a esperar, y a amar. El problema era el costo de la enseñanza dada. Le dolía… y mucho. Su cuerpo estaba cansado; pesaba demasiado esta pena.
Mientras abrigaba su torso, con su saco preferido, regalito de papá. Se sentó en la silla que, como cada noche, esperaba ansiosa su llegada. Miró el reloj en la pantalla que lastimaba sus ojos marrones; descubriendo que tenía tiempo de sobra para escribir, escarbar su mente, volcar sentimientos, aclarar pensamientos. Pero ante todo, debía ordenar las acciones que debería desarrollar en los próximos días; tanto en lo laboral, como en lo facultativo. También debía decidir qué haría con sus sentimientos. Lo que haría con él.
De repente el cursor quedo titilando sobre la hoja en blanco. Las voces comenzaron a retumbar en su cabeza. “Son cosas de la vida”, afirma la gente que tiene más camino recorrido. “Para aprender y crecer, hay que sufrir”. Y por lo visto, esto debe ser real. Porque las cosas en su vida, no se desarrollaban de otra forma, que no fuera con dolor de por medio.
Despertó del ensueño, se despabiló, prendió un pucho; y él apareció. Su cara, sus rasgos, el pelo rozando su mentón. El timbre de su voz. Su mirada angelical. Ya antes había escrito sobre esa mirada, sobre lo dulce que era, sobre lo triste que se veía. Su cabeza estaba en blanco, o mejor dicho, llena de él. Esta vez, quería transmitir algo diferente en sus escritos. Quería escribir sobre la realidad, sobre el hambre del mundo, sobre la falta de identidad que tiene esta estúpida sociedad. Pero no, ese hombre no se lo permitía. Estaba monotemática, aunque debía agradecerle, porque por su desamor y “destrato”, había descubierto en su interior su parte creadora. Ella escribía por él, la parte odiosa, era que solo escribía de él.
Su vida, su rutina, su trabajo, sus cursadas; estaban llenas… repletas de ese hombre. No había momento en el que se encontrara sola. Por más que el mundo desaparezca; su olor, sus movimientos, su respiración; la acompañaba en cada paso dado. En cada momento vivido.
Trato recordar lo que había hecho en el día, y se dio cuenta que, lo que era su cable a tierra, le estaba costando bastante trabajo. Caminar ya no era tan fácil, pero si sumamente necesario. Adoraba el ritual de adornar con harapos su cuerpo, calzarse su mp3 y caminar. Caminar para distraerse, y contradictoriamente para pensar. Pensar, preocuparse por la caída de la cultura y soñar con utópicas formas de remontarla. Pensar en su futuro, próximo y lejano; y sobre todo pensar en él. Su conclusión era siempre la misma, lo más sano era olvidarlo, pero indudablemente, no era lo más fácil.
La vida le pesaba, la rutina le pesaba; lo vivido semanas atrás… le pesaba. No podía olvidarlo, una y otra vez, lo que ocurrió entre ellos, se repetía sin cesar. Adoraba su personalidad en un 98%, amaba lo que era, lo que hacía, lo que pensaba, su filosofía… lo amaba. Pero no podía aceptar que haga estas cosas, ninguna persona que tuviera sentimientos lo permitiría. No era posible que ese hombre tan lleno de principios, sea tan poco caballero. Por lo visto hasta hora, lo que para ella había sido una noche de profundo amor, en la que dejó por entero su corazón; para él había sido solo un quite de ganas. Satisfacción biológica. También se podría llamar “instinto animal”. Era ilógico, pero real. Y una vez más pensaba que hacer; y otra vez la mejor opción… era olvidar.
No había forma de hacer reaccionar a ese muchacho. Ese espécimen raro, mezcla de niño caprichoso, y hombre hecho y derecho. Aun que siendo realistas de esto último no tenía nada. Más bien, era un adolescente con poco tacto. Era extraño en todo sentido, y eso le encantaba. Pero cuando hacia estas pendejadas maldecía el día, en el que por puta casualidad, se cruzo en su vida. Maldecía su perseverancia en buscarlo. Se maldecía a ella por amarlo. Porque la realidad era esa, ella lo amaba; y el 2% que le faltaba de maravilloso a él, se debía a que no sentía tal cosa por ella. No la amaba y eso dolía.
Y sus días transcurrían de esta forma. Levantándose, trabajando, estudiando, madrugada en frente de la PC escribiendo. Y a cada segundo del día, mientras hacia estas cosas por mera rutina, lo esperaba. Esperaba su señal, esperaba su llamado… ya no que viniera a buscarla. Había dejado de creer en los reyes hacía muchos años. Esperaba, lloraba, sufría… y sonreía recordándolo.
Tenían muy buena relación, o por lo menos era lo que ella sentía, afirmar algo con él era imposible. Reían mucho, compartían infinidad de gustos, ideales. Es más, él nunca se va a enterar, pero ella había planificado para su futuro lo mismo que él. Escapar de la odiosa cuidad, de esta selva enorme donde el poderoso mata ideas, principios y personas. Ella también quería irse. Ir al norte y ejercer allá. Ser feliz y vivir tranquila. Era raro, pero si los veías, te daban ganas de apostar a la pareja. Qué bueno que esa timba no existe, si no la economía de más de uno hubiera quebrado.
Por un segundo Natalia se bajo de la calesita, que era su cabeza. Miro la hoja en blanco del Word. Cerró la ventana. Miro la hora en el reloj, de esa pantalla que ya no lastimaba tantos sus ojos. Las lagrimas había formado un “protector” de sal, que no dejaba que el brillo de la misma, impacte sobre sus retinas. Seco sus mejillas. Era tarde. Tan tarde que el odioso día, en el que había intentado escribir, había terminado. Y como la obviedad lo dice, el jueves había comenzado. Linda manera de arrancar. Llorando y con un nudo en el pecho.
Definitivamente debía ponerle un fin a esta “historia”, por llamarla de alguna manera. Ella nunca sería la princesa del cuento encantado. Ni tendría hada madrinas, y por sobre todo “ÉL” no sería su príncipe azul. Una vez una mujer le había dicho una gran verdad: Los príncipes azules destiñen.
Y el señor, definitivamente, no sería la excepción.

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