Para ella...Diciembre me encontró llena de trastornos, llena de fracasos y aprendizajes. Pero por sobre todo llena de miedos. Tu mirada me daba todo lo que necesitaba, pero no siempre; y cuando digo esto me refiero a que no estaba cada vez que la necesitaba.
Siempre me destaque por ser caprichosa, y querer las cosas en mi tiempo. Pero lejos de que sea así; acá las riendas de esto, que no llegaba nunca a ser una relación, las manejaba él. Esto le daba un sabor agridulce; que en un principio, tengo que aceptar, me encandilo.
En esos ojos podía encontrar la paz, lo sabía bien. Pero por lo general todo lo que me rodeaba eran guerras y luchas. En su voz podía encontrar, como oculto, el canto de una sirena; tenía la facilidad de fascinarme, hasta el punto de dejarme idiota. Pero cuanto más quería escuchar esa voz, más saltaba el contestador de su móvil. Y poco a poco parecía volverme una paranoica. Revisaba el buzón de mis mensajes cada dos o tres minutos, si es que dejaba que trascurra tanto tiempo. Cada melodía me hacia acordar a alguna que antes había escuchado a su lado, cada letra o párrafo de un libro me hacía sentir identificada con la desdicha de este amor. Este amor que era y no era a la vez. O mejor dicho, que era solo en mí.
Y hablando de mi, en mi calmaba sus deseos de hombre y fiera, pero realmente no demostraba nada más que esa necesidad biológica. En vano fue buscar algún rastro de amor entre las sabanas que, noche a noche y tarde a tarde, me envolvían; tanto como su ferocidad de amante.
Y así comencé a sentirme usada. Cada vez que salía de su departamento ubicado en el glorioso Parque Patricios, decía que era la última vez que lo iba a pisar. El señor casi cuarentón que bien supo engatusarme con sus tratos, se había convertido en un simple hombre, que de señor no tenía ni la sombra. Y yo hoy dejaba de ser eso tan deseado, para pasar a ser un mueble más de aquello a lo que él llamaba su hogar.
Y si, tenía miedo. A cada instante arriesgaba lo que tenía por él. Y ustedes no saben, pero tengo mucho, todavía. Tengo un marido, que esta empecinado en tener una familia de más de dos. Al que no puedo dejar, por miedo a no-se-bien-que. Un marido que se vuelve persecutor en algunas situaciones, un marido que desconfía de cada paso que doy, y con razón. Un marido que detrás de esa cara de infeliz que agrava con esa sonrisa de pocas ganas, se convierte en manipulador en más de una oportunidad.
Por otro lado tengo un trabajo que podría perder fácilmente si se sabe mi historia de mujer promiscua. Como de seguro pasaran a llamarme las envidiosas de limpieza, la engreída de la contadora, y mucho más la constipada de mi jefa. Y por qué me van a llamar así, porque esta sociedad está llena de machistas, y las mujeres encabezan las encuestas.
Y la verdad es que no me voy a justificar, se que está mal lo que hago, o hacia… todavía no lo tengo bien decidido. Pero en un manotazo por sentirme viva lo primero que apareció ante mis ojos fue él. Con su buen porte y palabras embadurnadas de la dulzura que siempre desee. Y quizás merezco que me salga “el tiro por la culata” y que él no resulte todo lo maravilloso que supuse que sería, pero ahora me siento viva; M. fue como un electroshock en el medio de mi pecho. Y si todo lo que reí fue porque “ahora vivo”, todo lo que lloro, bien se sabe que será por lo mismo.
En síntesis, descubrí que vivir no era cumplir con obligaciones diarias; si no que ahí afuera hay mucho más, muchas cosas más. Que vivir no se resume a planificar cuando será el coito semanal, ni de levantarme cada día e ir a trabajar, y mucho menos a que mis tardes estén repletas de mates con una amiga igual de desdichada que yo.
Hay más… y esas son las cosas que estoy dispuesta a vivir, sentir, oler, gritar, llorar y reír.
Siempre me destaque por ser caprichosa, y querer las cosas en mi tiempo. Pero lejos de que sea así; acá las riendas de esto, que no llegaba nunca a ser una relación, las manejaba él. Esto le daba un sabor agridulce; que en un principio, tengo que aceptar, me encandilo.
En esos ojos podía encontrar la paz, lo sabía bien. Pero por lo general todo lo que me rodeaba eran guerras y luchas. En su voz podía encontrar, como oculto, el canto de una sirena; tenía la facilidad de fascinarme, hasta el punto de dejarme idiota. Pero cuanto más quería escuchar esa voz, más saltaba el contestador de su móvil. Y poco a poco parecía volverme una paranoica. Revisaba el buzón de mis mensajes cada dos o tres minutos, si es que dejaba que trascurra tanto tiempo. Cada melodía me hacia acordar a alguna que antes había escuchado a su lado, cada letra o párrafo de un libro me hacía sentir identificada con la desdicha de este amor. Este amor que era y no era a la vez. O mejor dicho, que era solo en mí.
Y hablando de mi, en mi calmaba sus deseos de hombre y fiera, pero realmente no demostraba nada más que esa necesidad biológica. En vano fue buscar algún rastro de amor entre las sabanas que, noche a noche y tarde a tarde, me envolvían; tanto como su ferocidad de amante.
Y así comencé a sentirme usada. Cada vez que salía de su departamento ubicado en el glorioso Parque Patricios, decía que era la última vez que lo iba a pisar. El señor casi cuarentón que bien supo engatusarme con sus tratos, se había convertido en un simple hombre, que de señor no tenía ni la sombra. Y yo hoy dejaba de ser eso tan deseado, para pasar a ser un mueble más de aquello a lo que él llamaba su hogar.
Y si, tenía miedo. A cada instante arriesgaba lo que tenía por él. Y ustedes no saben, pero tengo mucho, todavía. Tengo un marido, que esta empecinado en tener una familia de más de dos. Al que no puedo dejar, por miedo a no-se-bien-que. Un marido que se vuelve persecutor en algunas situaciones, un marido que desconfía de cada paso que doy, y con razón. Un marido que detrás de esa cara de infeliz que agrava con esa sonrisa de pocas ganas, se convierte en manipulador en más de una oportunidad.
Por otro lado tengo un trabajo que podría perder fácilmente si se sabe mi historia de mujer promiscua. Como de seguro pasaran a llamarme las envidiosas de limpieza, la engreída de la contadora, y mucho más la constipada de mi jefa. Y por qué me van a llamar así, porque esta sociedad está llena de machistas, y las mujeres encabezan las encuestas.
Y la verdad es que no me voy a justificar, se que está mal lo que hago, o hacia… todavía no lo tengo bien decidido. Pero en un manotazo por sentirme viva lo primero que apareció ante mis ojos fue él. Con su buen porte y palabras embadurnadas de la dulzura que siempre desee. Y quizás merezco que me salga “el tiro por la culata” y que él no resulte todo lo maravilloso que supuse que sería, pero ahora me siento viva; M. fue como un electroshock en el medio de mi pecho. Y si todo lo que reí fue porque “ahora vivo”, todo lo que lloro, bien se sabe que será por lo mismo.
En síntesis, descubrí que vivir no era cumplir con obligaciones diarias; si no que ahí afuera hay mucho más, muchas cosas más. Que vivir no se resume a planificar cuando será el coito semanal, ni de levantarme cada día e ir a trabajar, y mucho menos a que mis tardes estén repletas de mates con una amiga igual de desdichada que yo.
Hay más… y esas son las cosas que estoy dispuesta a vivir, sentir, oler, gritar, llorar y reír.
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